Las historias también forman parte de la música.
En primera persona es un espacio para conversar sobre la música desde dentro: sus historias, sus procesos creativos y las personas que participan en ella.
Aquí tendrán cabida conversaciones con músicos, productores, colaboradores y nuevas voces del mundo musical; también historias sobre el origen y la evolución de los proyectos que forman parte de Ritmos y Sombras.
Sus comienzos, sus influencias, las historias que hay detrás de sus canciones, sus proyectos y todo aquello que normalmente queda fuera de los focos.
Últimas historias
¿Quién está detrás de Ritmos y Sombras?
Hay una pregunta que, tarde o temprano, termina apareciendo cuando alguien descubre Ritmos y Sombras.
¿Cómo pueden convivir aquí el rock urbano de MAOU, la rumba de El Patio de Atrás, los caminos atlánticos de RYZ, la electrónica de Afterlight, los tangos de El Tanguero Aprendiz o el sonido americano de Rockdust?
La respuesta es sencilla.
Detrás de todos ellos estoy yo.
Pero Ritmos y Sombras no nació con la intención de esconderlo. Ni de inventar una historia que no existe. Nació porque necesitaba un lugar donde las canciones pudieran ser diferentes entre sí sin tener que pedir permiso para pertenecer al mismo sitio.
Y quizá para entender por qué existe este lugar haya que retroceder bastante.
Todo empezó con un piano
Mi padre quiso que aprendiera a tocar el piano cuando tenía nueve años.
Estudié teoría de la música y empecé a familiarizarme con ese mundo, pero a aquella edad había algo que me interesaba mucho más que la teoría: el sonido.
Las partituras podían esperar. Lo que me atrapaba era lo que ocurría cuando una nota se convertía en música.
A los doce años llegó un cambio que acabaría marcando mi vida. Durante un campamento de verano descubrí la guitarra y cambié de instrumento.
Y desde entonces no he dejado de tocar ni de componer.
Quizá también haya algo de mis propias raíces en esa forma de entender la música.
Mi padre es gallego y mi madre es argentina. Dos lugares, dos culturas y dos maneras muy diferentes de sentir la música que, de una forma u otra, siempre han estado presentes en mi vida.
De mi padre viene también ese vínculo con Galicia, con el folk, con el mar, con las raíces y con esas canciones que parecen guardar dentro una memoria antigua.
De mi madre llegó la cercanía con Argentina y, con ella, el tango y todo un universo musical que acabaría adquiriendo un significado todavía mayor muchos años después.
No sé si entonces era consciente de todo eso.
Probablemente no.
Pero con el tiempo he entendido que muchas de las músicas que uno termina buscando ya estaban, de alguna manera, dentro de su propia historia.
Primero fue el colegio.
Después, la iglesia.
Y con dieciséis años llegó mi primer grupo: La Misión.
Ensayábamos en un trastero de Carabanchel, como tantas bandas que empiezan con más ilusión que medios. Allí aprendí que hacer canciones no consistía solamente en escribirlas. También consistía en compartirlas, probarlas con otros músicos, tocarlas una y otra vez y descubrir qué ocurría cuando salían de la habitación y llegaban a otras personas.
Con La Misión compuse “El Juego de la soledad”, una canción que llegó a sonar por aquellos años en Cadena Dial, dentro de un programa dedicado a jóvenes talentos.
Era algo enorme para alguien que simplemente había empezado tocando una guitarra.
Pero aquello solo era el principio.
Astoria y el escenario
Más adelante llegó Astoria.
Con el grupo recorrimos grandes y pequeños locales de Madrid y fuimos creciendo poco a poco, a base de tocar, ensayar y volver a tocar.
En 2007 ganamos el concurso de jóvenes talentos de El Escorial, lo que nos permitió telonear a artistas y grupos como La Guardia, Modestia Aparte y Dylan de Taxi.

No había grandes presupuestos ni una maquinaria detrás.
Lo que ganábamos tocando lo invertíamos en equipo.
Cada amplificador, cada pieza de material y cada mejora servía para intentar dar el siguiente paso.
Y quizá ahí aprendí una de las cosas que más han permanecido conmigo hasta hoy:
la música también se construye a base de insistir.
Con mucho esfuerzo conseguimos finalmente grabar un disco, “1979”.
Seguimos tocando durante un tiempo, pero las bandas, como casi todas las cosas de la vida, tienen sus ciclos.
Nacen, crecen y, en algún momento, terminan.
Pero una cosa no terminó.
Las canciones siguieron apareciendo.
Nunca dejé de crear
Aunque los grupos fueran cambiando, nunca dejé de tocar ni de componer.
Durante años tuve ideas, canciones y proyectos que simplemente no encontraban la manera de convertirse en una obra terminada.
Y ahí apareció una pregunta que, en realidad, conecta directamente con lo que hoy es Ritmos y Sombras:
¿Por qué una canción debería quedarse en un cajón simplemente porque no tenemos los medios para hacerla realidad?
Durante mucho tiempo algunas de mis ideas eran difíciles de llevar a cabo.
No porque no existieran las canciones.
La canción estaba.
Lo que faltaba era encontrar músicos, voces, instrumentos concretos o las condiciones necesarias para producirla.
Uno de los ejemplos más claros estaba mucho más cerca de mí.
Mi abuelo Ambrosio.
Tenía historias suyas, recuerdos y canciones en las que quería recuperar ese universo. Tenía las letras, tenía las melodías y tenía muy claro lo que quería contar.
Pero aparecía la misma dificultad:
¿Dónde encontraba a alguien que cantara esos tangos?
¿Y a alguien que tocara el bandoneón?
¿Tenía que dejar aquella idea en el tintero simplemente porque no encontraba la forma tradicional de producirla?
Decidí que no.
Aprender una nueva forma de crear
La aparición de la inteligencia artificial musical abrió una posibilidad que hasta entonces no tenía.
Pero no fue simplemente pulsar un botón.
Me puse a trabajar.
A aprender.
A experimentar.
A entender las herramientas y sus posibilidades.
Y, sobre todo, a descubrir cómo podía utilizarlas para llevar a cabo ideas que ya existían antes de que esas herramientas aparecieran.
De ahí nació “Cuentos y tangos de Don Ambrosio”.
Un álbum construido alrededor de las historias que mi abuelo me contaba y de ese universo musical que durante años había permanecido esperando una oportunidad.
Es, probablemente, uno de los proyectos de los que más orgulloso estoy.
No porque la tecnología hiciera posible el disco.
Sino porque la tecnología permitió que una historia que ya llevaba dentro pudiera finalmente convertirse en música.
Y esa diferencia es importante para entender mi forma de trabajar.
La herramienta puede cambiar.
La necesidad de crear, no.
La química del directo
Y aunque hoy Ritmos y Sombras tenga una parte importante de trabajo de estudio, producción y experimentación, hay algo de lo que nunca he conseguido desprenderme:
el directo.
A día de hoy sigo tocando de vez en cuando con una banda de versiones dedicada al pop-rock español de los años 80 y 90, recorriendo escenarios por distintos lugares de España.
Porque tocar delante de la gente es otra cosa.
Puedes trabajar una canción durante semanas en un estudio, corregirla, mezclarla, cambiar un sonido y volver a empezar.
Pero cuando estás sobre un escenario ya no existe esa posibilidad.
Están los músicos.
Está el público.
Está el momento.
Y sucede algo que no se puede fabricar.
La química del directo.
Después de tantos años, sigue siendo difícil renunciar a ella.

No quería elegir un solo camino
Probablemente lo más fácil habría sido escoger un estilo y permanecer dentro de él.
Crear un proyecto. Buscar una identidad. Repetir una fórmula.
Pero eso nunca habría representado realmente mi forma de entender la música.
Hay canciones que piden guitarras y calle. Y de ahí puede nacer un mundo como MAOU.
Hay historias que necesitan el calor de una rumba, una guitarra española y una forma más cercana de contar las cosas. Ahí aparece El Patio de Atrás.
Otras miran al mar, a los caminos, a las raíces y a una memoria que parece venir de mucho más lejos. Ese es el territorio de RYZ.
También existen canciones que necesitan mirar hacia delante. Ritmos electrónicos, emoción, movimiento y una energía compartida. De ahí nace Afterlight.
Y hay historias que, sencillamente, no podrían contarse desde ninguno de esos lugares.
Un tango necesita su propio universo.
Una canción de raíz americana necesita otro paisaje.
Por eso existen El Tanguero Aprendiz y Rockdust.
No son cambios de rumbo.
Son caminos distintos que forman parte del mismo viaje.
Una canción antes que una etiqueta
Vivimos un momento extraño y apasionante para crear música.
La tecnología ha cambiado muchas cosas. También ha abierto nuevas discusiones. Qué significa crear. Qué herramientas son legítimas. Dónde empieza y termina la autoría.
Yo no tengo demasiado interés en convertir esas preguntas en una guerra.
No creo que una herramienta defina por sí sola el valor de una canción.
La inteligencia artificial, la tecnología y los procesos tradicionales pueden formar parte del camino. Una guitarra sigue siendo una herramienta. Un estudio también. Un ordenador, un sintetizador, una mesa de mezclas o una nueva tecnología.
Ninguna de ellas sustituye aquello que realmente importa.
La decisión de crear.
La intención.
La historia que quieres contar.
Por eso Ritmos y Sombras es un proyecto abierto a diferentes formas de hacer música. No porque todo dé igual, sino precisamente porque creo que hay algo que importa más que el método: que detrás de lo que publicamos haya una idea, una mirada y una razón para existir.
Crear personajes, proyectos y mundos
Cada proyecto de Ritmos y Sombras tiene su propia identidad porque cada uno necesita hablar desde un lugar diferente.
No se trata únicamente de cambiar el estilo musical.
También cambian las historias.
Las imágenes.
El tono.
La forma de mirar el mundo.
MAOU puede hablar de historias cotidianas, recuerdos y heridas desde un lenguaje directo.
El Patio de Atrás encuentra belleza en la cercanía, en las personas y en esas historias que podrían suceder al otro lado de cualquier puerta.
RYZ camina entre el mar, la tierra y la memoria.
Afterlight busca la emoción colectiva.
Rockdust mira hacia carreteras largas y horizontes abiertos.
Y El Tanguero Aprendiz cuenta sus historias desde otro tiempo, con otro lenguaje y otro ritmo.
Todos son diferentes.
Y, sin embargo, todos nacen de la misma necesidad:
crear canciones y dar a cada una el lugar donde realmente puede respirar.
Esto no es una fábrica de canciones
Ritmos y Sombras tampoco pretende publicar música por publicar.
No persigo llenar un catálogo sin alma ni subir canciones como quien acumula objetos en una estantería.
Cada proyecto necesita encontrar su sitio.
Cada canción necesita su tiempo.
Algunas historias llegan rápido. Otras tardan meses en encontrar una forma definitiva. A veces una idea acaba siendo completamente distinta de lo que imaginé al principio.
Y eso también forma parte del proceso.
Crear no es tener todas las respuestas.
Es hacer preguntas.
Probar.
Equivocarse.
Volver atrás.
Escuchar otra vez.
Y, en ocasiones, descubrir que una canción que parecía terminada todavía tenía algo que decir.
Lo que hay detrás de estas canciones
Quizá eso sea lo que quiero contar también en esta nueva sección.
Porque cuando escuchamos una canción normalmente solo vemos el resultado final.
Tres minutos.
Cuatro.
Una voz, una melodía, una portada y un nombre.
Pero detrás puede haber una historia mucho más larga.
Puede haber recuerdos.
Personas.
Una frase escuchada hace años.
Una tarde con una guitarra.
Una imagen.
Una conversación.
Un lugar.
O simplemente una pregunta que todavía no tenía respuesta.
En primera persona nace para hablar de todo eso.
Aquí habrá historias sobre los proyectos de Ritmos y Sombras. Sobre cómo nacieron algunas canciones. Sobre decisiones creativas y caminos que todavía están por recorrer.
Pero también quiero abrir este espacio.
Conversar con músicos.
Con productores.
Con colaboradores.
Con artistas que están empezando.
Con personas que llevan años haciendo música sin haber dejado nunca de tener algo que contar.
Porque el mundo musical es mucho más grande de lo que aparece en una portada o en una lista de reproducción.
Y porque, al final, detrás de cada canción hay alguien.
Esto acaba de empezar
Ritmos y Sombras sigue creciendo.
Algunos proyectos ya tienen canciones, discos e historias publicadas. Otros todavía están buscando su voz. Y seguramente aparecerán nuevos caminos que hoy ni siquiera existen.
No sé exactamente hasta dónde llegará todo esto.
Y quizá eso sea también lo más interesante.
No quiero construir una casa cerrada.
Quiero construir un lugar donde puedan convivir canciones diferentes.
Donde una rumba no tenga que pedir permiso a un tema electrónico.
Donde un tango pueda encontrarse con el rock.
Donde las raíces y la tecnología no sean enemigos.
Donde una buena historia siga teniendo un lugar.
Porque, por encima de los estilos, las herramientas y las etiquetas, Ritmos y Sombras nació por una razón muy sencilla:
seguir creando.
Y, mientras haya una canción que todavía merezca ser contada, aquí habrá un sitio para ella.
José Manuel Gil
Ritmos y Sombras